Suspiraría de amor si pudiera, pero ya no entra más aire a través de mi boca. Me he desvivido por Marcela, y aquí estoy. Yaciendo en el lecho que me acompañará debajo de la hierba que mis ovejas pasturaban.
Ella ha sido lo que me ha matado y lo que me ha hecho sufrir des de que la vi. Tantas veces que la he intentado conquistar, tantas cartas y tantos poemas que mi mano ha escrito que ha sido la misma la que me ha quitado los pocos latidos que me daban la vida en este mundo tan frágil y efímero.
Y ahora, con los ojos cerrados y la mente espesa me pregunto: ¿qué es el amor? Quienes me escucháis quizá estáis viviendo en la ignorancia, pero os haré la búsqueda más llevadera. Yo ya he desaparecido por culpa de tal sentimiento que te destroza y te come por dentro.
Es como aquella jarra de cerveza de más que te tomas y te hace feliz, pero luego sufres por haberte dejado las últimas monedas en ese trago. El amor es todo en esta vida, pero a la vez es nada. La persona que tiene la llave de tu corazón te hace feliz pero necesitas verla. Necesitas sentirla. Necesitas sufrirla. Así es el amor. Un arma más potente que la ballesta y la espada más afilada del mundo, más fuerte que todo nuestro ejército junto, más injusto que la triste vida de un siervo en las tierras del señor.
He muerto, pero sigo siendo feliz dentro de la tristeza. Noto a Marcela acercarse. Lo sé porque entre la oscuridad aparece un destello. Una canción gloriosa retumba en mis oídos. No sé que está diciendo, pero me da igual. La oscuridad huele a tierra mojada y a hierba húmeda. En la muerte me ahogo con la esperanza de encontrar a Marcela pronto y, por fin, tenerla entre mis brazos.