De mis ojos ya no pueden brotar más lagrimas y de mi corazón no puede derramarse más tristeza. De mí sólo vive mi cuerpo. El alma ha volado, se ha marchado al ver que no tenía nada que hacer aquí. Se habrá convertido en un alma vagabunda, intentando buscar las marcas en la tierra de los botines de Fernando.
Oh, Fernando.
Aquel Don Fernando alegre, aquel que me prometió el cielo y el infinito. El que me amó y me tuvo cuánto y cuando él quiso y luego me desechó como la más vulgar cáscara de patata. Dios, ¡perdóname! He vivido en la tristeza durante todo este tiempo, pero ¡ya no puedo más! Soy una mujer y he nacido para vivir entre la felicidad, no en el mísero arrepentimiento que me persigue cada hora, cada segundo y cada minuto de mi sencilla vida. Necesito ir a buscar a Fernando... ¿voy a cometer pecado por eso? Siento como al imaginar la situación mi pálido rostro consigue un cierto tono rosado; observo mi mirada en un cristal y hay un brillo especial en mis ojos. No soy más que una simple flor que con un poco de agua que me haga volver a la vida renace, dispuesta a conseguir mis objetivos y superar todas las barreras que hay.
Es obvio: amo a Fernando. Es obvio: lo dejé escapar. Es obvio: se aprovechó de mí. Pero es obvio: no lo puedo olvidar.